Sobre mí

No soy Isra Bravo.
Soy Monica. Y soy mejor para ti.

Ya te oigo pensando: «¡qué flipada!»

Espera. Que cuando te cuente la historia lo entiendes.


La historia de la sueca

Yo trabajaba en una empresa noruega. De esas donde todo el mundo parece sacado de un catálogo de IKEA: guapos, altos y con nombre de mueble.

Y allí estaba la sueca. Una mujer legendaria. De esas que si se cayese el mundo te dice: «tranquila, que lo arreglo antes de comer.»

Estaba embarazada y venía todos los días en bici. Con lluvia, nieve o apocalipsis zombi. Con su barriga de ocho meses.

Llevaba meses trabajando en un contrato con los italianos de ENI. Y justo cuando van a firmar… ZAS. Se pone de parto. Una semana entera. Cesárea. Puntos. Drama.

Y cuando todo el mundo piensa «pobrecita, no vendrá», ella dice: «Sujétame el carrito.»

Y se presenta con el bebé de siete días, el carrito y la cara de «yo esto lo cierro aunque me revienten los puntos.»

Desde fuera narrábamos la escena como un partido del Bernabéu:

— ¡Atención, que se levanta!
— ¡Se abre la camisa!
¡Se la ha sacado! ¡Se ha sacado la teta!

Los de ENI mirando al techo. Su jefe, rojo como un tomate. Y ella, tan tranquila, hablando de cifras y plazos.

Al final firmaron. Y al irse dijo: «The work must be done, no matter what.»


¿Por qué te cuento esto?

Porque si hace falta, yo también me saco una teta para vender lo tuyo. No matter what.

(Aunque espero que no haga falta, porque en mi caso sería más bien un crimen de guerra.)


Por qué soy mejor que Isra Bravo para ti

Primero, lo obvio: Isra no tiene tetas. Yo sí. No es lo mismo.

Segundo: puedo escribir en inglés. He vivido fuera. He vendido fuera.

Tercero, y lo más importante: A él no puedes contratarle. A mí sí.


Quién soy, en versión rápida

Me he ganado la vida como cajera de supermercado, publicista, funambulista, profesora de español y jardinera de cementerio. Todas reales, menos una. Adivina cuál.

No soy la mejor copywriter. Soy la que se sienta contigo hasta que vendas.

Si esto tiene sentido para ti

Entra a mi lista. No te regalo un ebook. Te doy algo mejor: una forma de pensar sobre la escritura, la venta y las historias.

Entra. Te veo dentro.

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¿Qué deberíamos hacer con los señoros con exceso de testosterona?

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¿Qué harías?

Yo los mandaría a hacer servicio comunitario moderando grupos de WhatsApp de mamás del colegio.

O les regalaría:

  • Un espejo gigante para que practiquen hablar sin interrumpirse a sí mismos

  • Un manual titulado “No todo es una competencia, cariño”

  • Un cupón para canjear por una emoción básica (solo una, que no se me vayan a abrumar)

Espero tus opiniones.

También si quieres insultarme.

Gracias

 

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