Slow marketing: El Principito en un mundo que corre demasiado rápido

El Principito llegó a la Tierra.

Un planeta lleno de gente grande que corría mucho y miraba poco.

Buscó un lugar tranquilo. Y encontró a una niña sentada en el suelo, dibujando círculos en la arena con un palito.

No parecía triste. Tampoco feliz. Parecía pensativa. Como escuchando algo que los demás no oían.

— ¿Qué dibujas? — preguntó el Principito.

— Estoy dibujando un lugar donde nadie me diga que corra — respondió.

El Principito sonrió.

— En mi planeta no hay relojes — dijo —. Solo una rosa y tres volcanes.

A la niña se le iluminaron los ojos.


El email original — El Principito en la Tierra

El Principito en la Tierra.

Un planeta lleno de gente grande

que corría mucho y miraba poco,

así que buscaba lugares tranquilos…

Fue allí donde la vio.

Una niña estaba sentada en el suelo,

dibujando círculos en la arena con un palito.

No parecía triste,

pero tampoco feliz.

Parecía… pensativa,

como escuchando algo que los demás no oían.

—¿Qué dibujas? —preguntó el Principito.

La niña levantó la vista.

No se asustó. Eso le gustó.

—Estoy dibujando un lugar donde nadie me diga que corra —respondió.

El Principito sonrió.

—En mi planeta no hay relojes —dijo—.

Solo una rosa y tres volcanes.

A la niña se le iluminaron los ojos.

—Entonces tu planeta debe ser muy pequeño.

—Sí —respondió él—, pero cabe todo lo que es importante.

Se sentaron juntos.

No dijeron nada durante un rato largo.

Ambos sabían algo que muchos adultos olvidan:

el silencio también puede ser una conversación.

—Los grandes creen que entender es contar

—dijo de pronto la niña—.

Pero yo creo que entender es quedarse.

El Principito la miró con atención,

como se mira una puesta de sol.

—Mi amigo el zorro me dijo algo parecido.

—Me enseñó que uno es responsable de lo que domestica.

La niña dejó el palito en el suelo.

—¿Y tú tienes a alguien que te haya domesticado?

El Principito pensó en su rosa.

En lo difícil que era.

En lo única que era.

—Sí —dijo suavemente—.

Por eso tengo que volver.

La niña asintió. No lloró.

—Está bien —dijo—.

Algunas personas llegan solo para recordarnos algo.

—¿Qué te recordaré yo? —preguntó él.

Ella pensó un momento.

—Que no estoy sola cuando miro el cielo.

El Principito se levantó,

sacudió la arena de su ropa

y miró las estrellas que empezaban a aparecer.

—Entonces, cuando mires una —dijo—,

yo estaré riéndome en alguna de ellas.

Y esto, como bien sabemos,

es algo que solo los niños,

y quienes no han olvidado,

pueden entender.

¿Y tú?

¿Te has olvidado?

¿Qué le prometiste a ese niño?

Pregunta de foro:

¿Qué promesa le hiciste de pequeño a tu yo adulto y todavía no has cumplido?

Slow marketing: construir en un mundo que solo mide velocidad

Hay una presión constante en el mundo del marketing y los negocios: más rápido, más contenido, más posts, más emails, más, más, más.

Y en medio de todo ese ruido, aparecen las marcas que hacen lo contrario.

Las que se toman el tiempo de hacer algo bien. Las que construyen relaciones en lugar de audiencias. Las que no persiguen el algoritmo sino a su cliente real.

Eso es slow marketing. No lento en el sentido de ineficiente. Lento en el sentido de hecho con cuidado.


Por qué el slow marketing gana a largo plazo

Isra Bravo lleva años mandando un email al día. Sin redes sociales. Sin funnels de 47 páginas. Sin urgencias artificiales.

Un email. Al día. Con cuidado.

Y eso, acumulado durante años, construye algo que ninguna campaña viral puede comprar.

La niña del Principito no corría. Dibujaba círculos en la arena. Y fue la única que se ganó la atención de alguien que venía de otro planeta buscando algo real.

¿Estás corriendo como todo el mundo, o estás dibujando algo que merece la pena parar a ver?

Si prefieres hacer las cosas con calma

En mi lista no hay urgencias artificiales ni contadores de tiempo. Solo emails que valen la pena leer.

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Respondeme a esta pregunta:

¿Qué deberíamos hacer con los señoros con exceso de testosterona?

Quiero saber tu opinión

¿Qué harías?

Yo los mandaría a hacer servicio comunitario moderando grupos de WhatsApp de mamás del colegio.

O les regalaría:

  • Un espejo gigante para que practiquen hablar sin interrumpirse a sí mismos

  • Un manual titulado “No todo es una competencia, cariño”

  • Un cupón para canjear por una emoción básica (solo una, que no se me vayan a abrumar)

Espero tus opiniones.

También si quieres insultarme.

Gracias

 

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